Capítulo V,
Let's cuddle.
Let's cuddle.
De vuelta dentro de la ciudad, conduje el Mustang a través de ella y manejé desde Treatty hasta Deacon. La lluvia seguía cayendo en una llovizna sombría. El camino era más sinuoso y tenebroso de noche que de día, si quieres saber la verdad. Habían árboles de hoja perenne amontonados a la derecha, en el borde del pavimento. Cerca de la siguiente curva, Sid señaló la caja que tenía por casa. Observé mejor los alrededores. Había una destartalada cancha de tenis frente a la caja negra. Todo el lugar parecía como si necesitara una capa de pintura fresca y vívida.
Aparqué el Mustang dentro de una plaza de estacionamiento.
—Gracias por el paseo —dijo Sid, cubriendo con su brazo la parte trasera de mi asiento. Sus ojos estaban vidriosos, su sonrisa levantada perezosamente en un lado.
—¿Puedes entrar por ti mismo? —pregunté.
—No quiero entrar —él arrastró las palabras—. La alfombra huele como orina de perro, el techo del baño tiene moho y las cajas de cartón me abruman.
Supuse que probablemente aún no había desempacado.
—Quiero estar aquí afuera, contigo.
Porque estás borracho.
—Tengo que llegar a casa —le dije—. Es tarde, y Fede me ha llamado 300 veces. Va a enloquecer si no llego pronto. —extendí la mano hacia él y abrí la puerta del pasajero. Mientras lo hacía, él enroscó un mechón de mi cabello alrededor de su dedo.
—Hermoso —balbuceó.
Desenrollé el rizo. —Esto no va a suceder. Estás borracho.
Sonrió, quitándole seriedad a lo que dije.
—Sólo un poco.
—No te vas a acordar de esto mañana.
—Pensé que habíamos conectado, por un momento, en el bosque...
—Lo hicimos. Y eso es lo más lejano que nuestro vínculo puede llegar a ser. Lo digo en serio. Te estoy echando. Ve adentro.
—¿Qué pasa con mi coche?
—Me lo llevo a casa esta noche, luego te lo devuelvo mañana por la tarde —sonreí.
Sid exhaló felizmente y se relajó, profundamente, en su asiento.
—Quiero entrar y relajarme sólo con Jimi Hendrix. ¿Podrías decirles a todos que la fiesta se acabó?
Rodé los ojos. —Invitaste a más de sesenta personas. No voy a entrar y decirles que se canceló.
Sid se inclinó hacia un lado fuera de la puerta y vomitó.
—Ugh.
Agarré la parte posterior de su camisa, tiré de él hacia dentro del coche, y aceleré el Mustang lo suficiente como para rodarlo hacia delante unos metros. Entonces pisé el freno de pie y desmonté. Lo rodeé, para ir al lado de Sid y lo arrastré fuera del coche por sus brazos, teniendo cuidado, para evitar plantar mis pies sobre el contenido de su estómago vacío. Él arrojó su brazo sobre mi hombro, y eso fue todo lo que pude hacer para evitar caerme bajo su peso.
—¿Tienes las llaves? —pregunté.
—Está abierto —murmuró en mi oído.
Claro. Desde luego. ¿Cómo no lo supe antes?
—¿Quién deja su casa sin llave? —chillé. Él sólo se rió.
Caminé unos metros más y empecé a escuchar la música. Tumbé la puerta de una débil patada y pude sentir como las piezas de mi cerebro se movían y se soltaban gracias a la música rap que sonaba por toda la casa.
—Mi dormitorio está al fondo —murmuró Sid en mi oído.
Lo empujé hacia adelante a través de la multitud, abrí la puerta que estaba al final del... lugar —el cual no era más que un cuadrado amplio y lleno de cajas, con una cocina improvisada al fondo y otra caja de concreto, al fondo, que hacía el papel de habitación— y tumbé a Sid en el colchón boca-abajo, en el centro. Y bueno, su cama no era más que eso. Un colchón tirado en el piso. Y juro que en ese momento no supe si Sid era un chico muy pobre, o descuidado.
"Luce mejor por dentro."
"Es más cómodo de lo que crees."
Fede, señoras y señores, mintiendo.
Había un pequeño escritorio en la esquina adyacente, un cesto de ropa plegable, un soporte de guitarra, y unas pocas pesas. Las paredes eran color blanco viejo y estaban escasamente decoradas con un cartel de la película The Godfather Part III y un banderín de New England Patriots.
—Mi habitación —dijo, al ver que miraba con atención a mi alrededor. Le dio unas palmaditas al colchón a su lado—. Ponte cómoda.
—Buenas noches, Sid.
Empecé a tirar de la puerta cerrada cuándo él dijo: —¿Puedes conseguirme una bebida? Agua. Tengo que quitar este sabor de mi boca.
Yo estaba ansiosa por salir del lugar pero no podía evitar sentir un tirón de irritante simpatía por Sid. Si lo dejaba ahora, él probablemente despertaría mañana en un charco de su propio vómito. Podría también limpiarlo y conseguir algunos ibuprofenos.
Desde la cocina improvisada, que sólo constaba con una débil mesada hecha a mano (probablemente montada por el mismo Sid), un lavabo y un refrigerador, se tenía una visión del vasto lugar transformado en pista de baile. Abrí y cerré cajas, en busca de un vaso. Encontré una pila de vasos de plástico en una caja llena de cómics, me dirigí al refrigerador y cuando lo abrí, me di cuenta que no había agua potable. Miré el grifo.
—No creo que le moleste...
Y procedí a abrirlo para vertir agua dentro del vaso. Mientras daba la vuelta para llevar el agua a Sid, mi corazón se sobresaltó. Jaden estaba a varios pies de distancia, apoyándose en una pared. Se había separado de la multitud y su gorra de básquetbol estaba tirada hacia abajo, dando a entender que no estaba interesado en tener conversación. Su postura era impaciente. Él miró su reloj.
Decidí caminar directamente hacia él, ya que para llegar hacia Sid tenía que pasar a su lado, y sintiendo que le debía cortesía, además de que ¿no éramos ambos lo suficientemente mayores para manejar eso con madurez?
Humedecí mis labios, los cuales de repente se sentían secos como arena, y me detuve frente a él. —¿Divirtiéndote?
Las líneas de su rostro se suavizaron en una sonrisa. Jaden era mi ex-novio. Habíamos terminado mal por... cosas... y desde ese día, sólo lo veía cruzando por los pasillos en la escuela. Tenía unos lindos ojos marrones, con un brillo especial, y su cabello lo teñía de rojo caramelo —más adelante supe que en realidad era negro—.
—Puedo pensar en al menos una cosa que preferiría estar haciendo —dijo.
Si eso era una insinuación, yo iba a ignorarla. Arreglé mi cabello.
—¿Te quedarás toda la noche?
—Si me tengo que quedar toda la noche, dispárame ahora.
Extendí mis manos.
—No tengo armas, lo siento.
Su sonrisa era leve. —¿Eso es todo lo que te detiene?
—No iré presa por ti —señalé.
—¿Pero lo harías si pudieras?
Dudé antes de contestar. —No te odio, Jaden. Todavía.
—¿El odio no es lo suficientemente fuerte? —adivinó—. ¿Algo más profundo?
Sonreí, pero no lo suficiente como para mostrar los dientes. Ambos parecíamos sentir que nada bueno podía salir de esa conversación, especialmente no allí, y Jaden nos rescató a los dos inclinando su cabeza hacia la multitud.
—¿Y tú? ¿Te quedarás mucho tiempo?
—Nop. Le voy a dar agua a Sid, y enjuague bucal si puedo encontrarlo, luego me voy de aquí.
Él agarró mi codo. —Me acabas de pegar un tiro, ¿te has convertido en la enfermera de la resaca de Sid?
Él conocía a Sid porque una vez fueron a un campamento juntos. El rubio le ganó en una batalla improvisada de esgrima, y desde entonces, la palabra "odio hacia Sid" predominaba en sus sentimientos.
—Sid no rompió mi corazón.
Un par de latidos de silencio cayeron entre nosotros, entonces Jaden dio media vuelta y se fue. Gruñí, saqué mi teléfono del bolsillo y llamé a Kira.
—¿Sí?
—¡Acabo de encontrarme con Jaden y tuvimos una conversación rara y te juro por Dios que quiero ir al baile con él!
—¿Qué? Habla más alto. ¿Dónde estás? Se oye música muy fuerte y... ¿es rap? ¿Qué diablos haces escuchando rap?
—En primer lugar —reí—, el rap me gusta un poco. Y estoy en una... redoble de tambores... ¡fiesta clandestina!
—¿Eh? ¿Qué haces ahí?
—Estoy cuidando, de alguna manera, a Sid. Se emborracha muy fácil, ¿sabes?
—... No entiendo nada.
—Te llamo cuando llegue a casa —reí.
—¿Al menos Fede sabe de esto? ¿Estás tomando alcoh-
Colgué, aún riéndome, y reaundé mi camino hacia la habitación de Sid.
Habían pasado las horas, la fiesta había tomado un ángulo más relajado. Afuera habían personas durmiendo, tiradas en el suelo, probablemente borrachos hasta las orejas. Otras estaban enrrollándose en esquinas, algunos fumando. Se había vuelto un lugar con un ambiente no apto para mí: con eso estaba de acuerdo. Y Fede seguía llamándome al celular. Tanto, que se descargó.
Sólo estaba tirada en la cama de Sid, junto a él, hablando puras babadas.
—Es que, en serio, aún no puedo entender que vivas aquí. ¿No pudiste conseguir un apartamento? ¿O mudarte con Matt y Khris? —pregunté con un poco de burla.
—Me gusta ser independiente —extendió su brazo arrastrándome hacia él. Coloqué mi cabeza en su hombro—. Oh, baby, let's cuddle —tarareó en un balbuceo, junto a mi oído.
Sí. Él siempre balbucea cosas sin sentido (lo hace todo el tiempO.)
—¿Y para ser independiente viniste a vivir a una caja, con más cajas dentro?
Él fingió ofensa. —Las cajas son atractivas.
Reí tontamente.
Juro que puedo escaparme con este chico justo ahora.
—Sólo cállate —le dije, y cerré los ojos.
La habitación se llenó de silencio y pude escuchar la respiración tranquila de Sid. El chico era perfecto, de pies a cabeza. Era más inteligente que un demonio y tenía un cabello espectacular. Y, oh, Dios... sus ojos. Te daban ganas de nadar en ellos. Y no sabía exactamente qué me estaba pasando. Sólo estaba pasándome. Porque ahí estaba yo, entre los brazos de Sid, en su cama, dormitando. ¿Por qué estaba ahí? Habían tantos factores erróneos en tantos niveles distintos, que a Fede le daría un infarto...
¡Fede!
Abrí los ojos como platos, mientras la luz del sol entraba por una ventana muy arriba, cerca del techo. Empujé a Sid hasta hacerlo caer los pocos centímetros que separaban la cama del suelo y este se quejó.
—No estás tan gorda como para ocupar todo ese espacio en la cama —levantó su cabeza, mirándome—. De hecho, creo que deberías comer más porque-
—¡Cállate! —grité nerviosa, me levanté y entré mis pies en mis tenis mientras trataba de identificar dónde había dejado mi camisa.
—No seas hostil —se rió, me tomó de la mano y me empujó hacia la cama. Caí sentada.
—Tengo que irme, quítate —gruñí, cuando lo sentí encima de mí. Él siguió riendo y me abrazó fuerte.
—No quiero que te vayas, nena.
Me reí ante su término. Sabía perfectamente que lo estaba usando para molestarme.
—Fede va a matarme —le dije, forcejeando con él.
—Te equivocas —se apartó lo suficiente para mirarme—. Me va a matar a mí.
Negué levemente. —Tienes razón. Ahora quítate. Si llego temprano, sé que podré fingir que regresé a las 3 y que estoy borracha. Eso será menos sancionado que esto —señalé la situación con mis ojos.
Sid iba a quitarse cuando la puerta de la habitación se abrió de un golpe. Era Khris.
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