jueves, 21 de mayo de 2015

La Invitación.




Capítulo VIII,
La Invitación.



Sé perfectamente que el hecho de haberme escapado de casa, para tomar un taxi e ir a casa de Sid a mitad de la noche sonaba horrible. En serio lo sé. Pero seguía sintiendo esa extraña simpatía hacia él, que me atraía y me hacía imposible negarle nada... Además, si me daban a elegir entre a) quedarme en mi habitación sin hacer nada, o b) hacer algo interesante, hubiera elegido la última opción sin darle mucha cabeza.

Bajé del taxi y me econtré frente a, como me gustaba llamarle, la caja negra. Suspiré, preguntándome por qué estaba allí. Sí había elegido la opción b), pero no por eso no me preguntaría por qué cometía semejante estupidez.

Bufé, y justo cuando iba a darme media vuelta para irme, el portón oxidado de la caja negra se abrió. Me sobresalté, y al girarme, ahí estaba Sid. Con su típica sonrisa ladina.

—No pensé que vendrías, para ser honesto —comentó, con un atisbo de gracia. No respondí nada—. Vamos, entra —me indicó con la cabeza que entrara, para luego hacerlo él. Yo lo seguí.

Caminé a través de la sala siguiendo a Sid. Noté varios cambios. Como, por ejemplo, había una pared pintada de un blanco que daba la ilusión de elegancia. Y habían varias macetas con ficus y plantas por el estilo. Nunca tuve una imagen de Sid-amante-de-las-plantas hasta ese día.

—¿Te gusta la naturaleza? —pregunté, sentándome en una caja.

—Algo así —me respondió mientras buscaba algo en el refrigerador—. ¿Quieres algo de tomar?

Me lo pensé un poco. —¿Qué tienes? —y reí.

—Tengo sodas, jugo de manzana, agua enlatada y-

—¿Agua enlatada? —fruncí el ceño.

—Sí. Ya sabes, boxed water is better —rió, y sacó del frigorífico dos latas de agua. Se acercó a mí y me dio una, luego se sentó a mi lado—. Importada desde Japón.

Parecía orgulloso cuando dijo eso, así que me limité a reír y tomar mi agua enlatada. La verdad, sí. El agua enlatada es mejor.

—¿Fede sigue enojado? —preguntó, luego de terminar su lata.

Yo aún no acababa con la mía, así que terminé de tragar y sonreí. —Fede no estaba enojado, —negué levemente— ya sabes, no suele enojarse.

—Ya.

De repente me sentí algo inquieta. —Oye, Sid —llamé.

—¿Sí?

Examiné rápidamente los alrededores.

—Aquí no hay arañas... ¿verdad?

Sid sonrió.

—¿Le temes a las arañas, Salvatore?

Dejé mi lata en la caja de al lado.

—Deja de llamarme Salvatore. Me haces sonar como un chico. Como Stefan Salvatore.

—¿Stefan qué?

Suspiré.

—Sólo piensa en otra cosa. Un simple Kyo también funciona, ¿sabes?

Miré de reojo a Sid. Estaba tumbado, al igual que yo, en cajas; y tenía un brazo descansado en una de ellas, por lo que estaba algo inclinado hacia mí.

—Seguro, Gomita.

Hice una mueca. —Retiro lo dicho. Quedémonos con Salvatore.

—Bueno, entonces Salvatore —rió—. ¿Qué te apetece hacer?

—No lo sé, no tengo nada en mente —bufé—. Pensaba que, como eres el anfitrión, sabrías qué hacer y no que me tendrías acá tomando agua enlatada —negué levemente y me eché a reír.

—Bueno, sí. Tienes razón.

Hizo una pausa para estirarse.

—Ven, vamos a la habitación.

Ningún chico me había dicho eso antes, si quieres saber la verad. Y no me esperaba que la primera vez que recibiera esa orden, sería sólo para algo tan simple e inocente como acostarnos a hablar. Así que me causó algo de gracia y, mientras lo seguía, hice un comentario irónico.

—¿Así de rápido? ¿Ni siquiera me invitarás a una película? —sonreí—. No pensé que te urgía tanto, Sid.

Cuando estuvimos dentro, él sonrió y me miró.

—¿Siempre haces esos comentarios?

—No siempre —me descalcé y me senté en la cama—. A veces sólo me limito a asentir.

Sid y yo entablamos una conversación normal. Así como la que entablarías con un amigo. Pero, a medida de que la conversación fluía, no dejaba de sentirme un poco triste. Tal vez había actuado con indiferencia con respecto al baile, pero la verdad es que quería asistir con todas mis ganas. Incluso ya tenía la idealización de mi vestido perfecto: pero se me ocurrió ser castigada una semana antes... Y encima de todo, quería apoyar a Kira con eso de su nominación al baile y posible coronación como reina. Eran muchas cosas que quizá pueden parecerte estúpidas, pero para una adolescente no lo es tanto.

Sid hizo un comentario irónico sobre algo, y rió. Pero cuando no me uní, me codeó con el brazo.

—Pareces deprimida, Salvatore.

Exhalé pesadamente y en seguida le puse al tanto del problema. Cuando terminé, él me dio uno de esos complejos saludos de mano que los chicos de las fraternidades universitarias usan.

—Bien hecho, campeona.

Le di una mirada de puro disgusto.

—Hey. Pensé que a las chicas les encantan esas cosas. Comprar un vestido, arreglarse el cabello, lucir esa pequeña cosa de decoración en la garganta.

—Choker.

—Sí, choker. Sabía eso. ¿Qué hay para odiar?

—Me siento estúpida de haber puesto el nombre de Kira en las boletas y ni siquiera estar ahí para apoyarla. También, estoy castigada y sé que Fede no me dejará ir al baile si no tengo una cita que sepa cuidar de mí. Y eso es aún más deprimente, porque no tengo cita —suspiré, acomodando mi cabeza en el hombro de Sid—. Supongo que podría ir con Kira. Pero ella ya tiene cita y a Abby se le ocurrirán cientos de bromas de lesbianas. Pero, ¡oye!, peores cosas podrían pasar.

Sid se levantó rápidamente y, arrodillándose frente a su colchón, y abrió sus brazos. Como si la solución fuera obvia.

—Problema resuelto. Llévame a mí.

Puse mis ojos en blanco, de repente arrepintiéndome de tocar el tema. Era lo último sobre lo que quería hablar.

—Sid, Fede ya te dijo que estarás ocupado. Además, ni siquiera vas a la escuela —le recordé.

—Lo de Fede se puede arreglar si expongo mis ganas de llevarte al baile formalmente, ya verás. Y por lo otro, ¿hay una regla acerca de eso? Las chicas de mi antigua escuela en Berna siempre estaban arrastrando a sus novios universitarios a los bailes.

—No hay una regla, en sí.

—¿Ves? Todo está resuelto. ¡Llévame a mííí! —chilló, lo que me hizo reír. Cuando volvió a su lugar, dijo:—. Tú te ríes, pero no me has visto en un esmóquin. ¿O quizás no te gustan los chicos con pechos musculosos y abdominales de tabla de lavar?

Me mordí el labio para conquistar otra risa más alta.

—Basta de intimidarme. Estás comenzando a sonar como una reversión de la Bella y la Bestia. Todos sabemos que eres guapo, Sid.

Sid le dio un apretón afectuoso a mi rodilla.

—Bueno, ya que estamos en esa, te diré que... luces bien, Salvatore. En una escala del uno al diez, definitivamente estás en la mitad superior. Pero, shhh —dijo, colocando su dedo índice en sus labios—. Nunca me oirás admitirlo de nuevo.

—Eh, gracias.

—No eres el tipo de chica a la que yo hubiera perseguido en Berna, pero yo no soy el mismo tipo que era en aquel momento tampoco. Eres un poco demasiado buena para mí y, seamos honestos, un poco demasiado lista.

—Pero tú tienes la inteligencia de la calle —señalé.

—Deja de interrumpirme. Vas a hacer que pierda mi lugar.

—¿Tienes este discurso aprendido de memoria?

Sonrió. —Tengo mucho tiempo en mis manos. Como decía... demonios. Me olvidé de dónde estaba.

Le recordé dónde. —Me estabas diciendo que puedo estar tranquila de que soy más atractiva que la mitad de las chicas en mi escuela.

—Esa es una forma de decirlo. Si quieres ponerte técnica, eres más atractiva que el 97%. Más o menos.

Apoyé una mano sobre mi pecho. —No tengo palabras.

Sid rió. —Sí, tampoco yo si Fede se enterara de que ando cortejándote —volvió a levantarse del colchón, se arrodilló, y tomó mi mano en forma dramática—. Sí, Kyo. Sí. Iré al baile de Primavera contigo.

Bufé.

—Eres tan arrogante. Nunca pregunté.

—¿Ves? Demasiado lista. De cualquier manera, ¿cuál es el gran problema? Necesitas una cita. Y aunque quizás yo no sea tu opción número uno, seré suficiente.

Me lo pensé un poco. Si iba al baile con Sid, Kira no iba a parar de hacer conjeturas tontas sobre una posible relación entre nosotros. E incluso sé que crearía nuestro propio ship. Pero hay que admitirlo. Era una buena opción y además sé que sería divertido. Porque, vamos, ¿quién no querría ir al baile con Sid Wayne?

—Bien, bien —dije, golpeándolo juguetonamente en el hombro—. Es una cita.

Sid sonrió. Yo puse cara seria.

—Pero mejor no exageres con respecto a cuán bien luces en un esmóquin.

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